120121, RENE DELGADO, Reforma
Quién sabe hasta cuándo la impunidad criminal y la negligencia gubernamental permitan mantener puesta la atención en el proceso electoral. Por lo pronto, el paréntesis abierto es motivo de congratulación. Sin querer o adrede, partidos y precandidatos dejan ver sus vicios y virtudes, sus contrastes y semejanzas, sus fortalezas y debilidades. Exhiben aquello que, cuando de elegir se trata, es fundamental: sus diferencias.
Esa atmósfera ha transparentado para su fortuna o su pesar lo que partidos y precandidatos son y representan, sus compromisos y su concepto de la política. Es preciso aprovechar la claridad de estos días para verlos al desnudo.
Los juegos y rejuegos entre Acción Nacional y el gobierno federal, cifrados en su desencuentro, han dado lugar a un doble problema: la imposibilidad de posicionar a sus precandidatos en la escena y, por lo mismo, dejarle el espacio al peñismo y al lopezobradorismo.
El calderonismo no tuvo la fuerza para imponer a su candidato ni la dirección albiazul la solidez para abrir verdaderamente a concurso la candidatura, resultado: una competencia homogeneizada y pasteurizada, marcada por el titubeo de los organizadores y el temor de los competidores a pisar la raya de los carriles señalados.
Así, los precandidatos recitan su biografía como un corrido de aventuras por venir o hablan de generalidades para no herir la susceptibilidad del leñador de Los Pinos. En vez de subrayar, borran sus diferencias entre sí y con el gobierno y, entonces, cantan la misma balada en tono monocorde.
A su vez, el partido y el gobierno dan increíbles bandazos en relación con el método de selección de candidatos. Lo que vale para la candidatura a la capital de la República resulta impensable para la Presidencia de la República. Tiran la elección del candidato al gobierno capitalino porque encuentran -quién sabe cómo- a una mujer muy bien posicionada, pero sostienen la elección del candidato presidencial, justamente, porque encuentran a otra mujer muy bien posicionada. Ungen a una, pero no a otra. Así nomás.
La combinación del dedazo con la democracia interna arroja un licuado indigerible y una paradoja: las encuestas públicas revelan que el candidato albiazul, sea en la capital o en la República, está llamado a ser un derrotado, pero la evidencia política advierte que el leñador de Los Pinos nomás no acepta dejar el bosque a otro que no sea suyo. Esa paradoja abre una interrogante: ¿cómo irá a conducirse el Ejecutivo en el proceso electoral?
La pista que, sin querer, Acción Nacional no logra ocupar en la escena nacional dejó un espacio abierto. Del arte del peñismo y el lopezobradorismo dependía hacerlo un problema o una oportunidad. El peñismo hizo un problema, el lopezobradorismo una oportunidad.
Fuera de la pantalla de cristal, a la intemperie política, el equipo de Enrique Peña no ha conseguido consolidar la popularidad y el carisma de su virtual candidato presidencial, elaborar un discurso y mostrar auténtico talento en la operación política. El lado oculto de la soberbia mostrada exhibe a un popular candidato de salva.
Enrique Peña tuvo por virtud posicionarse en el ánimo ciudadano con enorme anticipación. Llevada al exceso, su presencia mediática que -prácticamente, le aseguró la candidatura- pasó de la virtud al vicio. En cuanto el aspirante salió de la pecera televisiva, de esa atmósfera controlada que es la propaganda disfrazada de información, comenzó a patinar. Él y su equipo no supieron darle contenido al continente y, entonces, se vio no tanto el vacío de su propuesta como los compromisos que, desde ahora, maniatan su aspiración.
El ungimiento y el mantenimiento de Humberto Moreira al frente del tricolor, cuando ya era insostenible; la asociación dependiente con el principal concesionario de televisión; la alianza con el corporativismo magisterial encabezado por Elba Esther Gordillo, con el grupo político-mercantil de los verdes y los residuos de una izquierda dispuesta a subastar su convicción, al precio de sacrificar la postulación de cuadros tricolores; la resistencia a ampliar los canales de participación política y los controles ciudadanos sobre el poder; la suma indiscriminada de caciques tricolores como pilares de su fortaleza, expusieron a Enrique Peña como a un joven representante de la más arcaica expresión priista y la certeza de que su eventual triunfo daría nacimiento a un gobierno frustrado aun antes de su concepción.
La sobreexposición de Peña, el desinterés por el discurso político así como la facilidad con que se contrajeron compromisos con costo superior al precio colocan a ese candidato y a su equipo frente a un enorme desafío: replantear la suma que hicieron, en razón de la resta que les está dando por resultado.
El problema de esa reconsideración es que Enrique Peña se ve ya encapsulado, cautivo por su estado mayor y está por verse si el talento y el tiempo político dan para enderezar el rumbo equivocado de una campaña que, en meses, pierde la ventaja acumulada en años. En el contraste, el lopezobradorismo supo alinear las estrellas y aprovechar la oportunidad.
Es difícil calibrar la fuerza, la organización y la presencia nacional del movimiento construido porque, en el fondo, el supuesto “cerco informativo” constituyó el espacio para trabajar sin reflectores ni micrófonos encima. No es fácil tampoco calibrar la solidez de los amarres hechos con otros actores y factores no políticos que hoy asombran al expresar abiertamente su respaldo a López Obrador. Y también es difícil calibrar si el ajuste en el discurso lopezobradorista es un ardid o una importante rectificación política.
Al margen de ello, el lopezobradorismo se reposiciona en el ánimo ciudadano, se beneficia de la duda, abre bien su juego en vez de cerrarlo, mientras las organizaciones de izquierda muestran audacia e inteligencia en el método de selección de sus candidatos tanto a la Presidencia como a la capital de la República. Presumen una cierta unidad y cohesión inesperada.
López Obrador ha mostrado crecerse ante el peligro de la adversidad, pero también perderse ante la posibilidad del triunfo. Por lo pronto, se beneficia de sus aciertos, de la ausencia del panismo y los errores del peñismo.
La claridad de estos días habrá de perderse. La impunidad criminal y la negligencia gubernamental en cualquier momento opacarán el proceso electoral. Ahora que se puede, hay que ver lo que hacen y deshacen los precandidatos y los partidos.
sobreaviso@latinmail.com
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