120120, EPIGMENIO IBARRA, Milenio
No puede ni debe un jefe militar, señor Calderón, librar una guerra sólo mirándose en el espejo; pensando sólo en su imagen en él reflejada, en lo que habrá de ser, según él, su legado histórico.
Menos todavía puede hacerlo si este espejo es el de la pantalla de tv, el de los titulares de la prensa, en un país donde los medios, en especial los electrónicos, suelen postrarse con enorme facilidad ante el poder.
La megalomanía, en quien comanda un ejército en conflicto, suele resultar trágica.
Muy alto pagan los habitantes del país los devaneos del comandante en jefe de sus fuerzas armadas; más todavía cuando éste sólo viste disfraz de general.
A causa de los caprichos del jefe, la cuota de sangre se eleva siempre exponencialmente, las instituciones colapsan, se abren heridas que tardan luego generaciones en cerrar y, sobre todo, se produce una brutal devaluación del valor de la vida.
En el escritorio, en la oficina blindada, el jefe grita y hace rabietas. En el terreno, la tropa sangra y la población civil, entre dos fuegos, sufre las consecuencias del desatino.
La prolongación de un conflicto genera una especie de acostumbramiento a la barbarie. Los muertos pasan a ser cifras y el miedo y la urgencia de paz, a cualquier precio, terminan volviéndose un aval para el asesinato.
La forma más efectiva, señor Calderón, para que la guerra se prolongue y luego se pierda es entrar en ella sin la preparación adecuada; hacerlo sometido a urgencias que no son precisamente las del combate.
Quien no conoce a su enemigo, ni conoce tampoco sus propias fortalezas y debilidades, está destinado a la derrota.
Quien no estudia y se prepara para hacerlo, antes de trabar combate, como cortar las fuentes de aprovisionamiento logístico y financiero del enemigo, tampoco tiene posibilidades reales de vencer.
En un conflicto interno, por otro lado, no puede evadirse, en función de la retórica y los “buenos deseos”, la cuestión nodal de la base social, del apoyo real con el que, entre la población civil, cuenta el enemigo.
Desatar las hostilidades antes de poner en práctica una estrategia real para restar base social, para disputar este apoyo al enemigo, suele resultar trágicamente contraproducente.
Sometidos a la presión de la guerra, víctimas de la ley de plata o plomo, muchos de los que, hasta antes de desatarse las hostilidades, eran sólo simpatizantes o colaboradores, se ven obligados a convertirse en combatientes.
Si, por otro lado, se conoce poco y mal la contextura de las fuerzas propias, el nivel de infiltración que el enemigo tiene en las mismas, la descomposición que la corrupción y los usos y costumbres del sistema político han provocado, lanzarlas al combate se vuelve a un tiempo criminal y suicida.
Hace cinco años, ignorando estos principios elementales, urgido de una legitimidad de la que usted de origen carecía y carece, decidió, señor Calderón, “declarar la guerra” al narco.
Adicto, como es, a la propaganda, decidió librarla de cara a la pantalla de la televisión. En lugar de proceder con efectividad y sigilo se decidió por el espectáculo.
Irresponsablemente, se lo advertí en este mismo espacio hace años, recurrió a la fórmula fácil de hablar de “guerra”. Su apetito de “imagen pública” lo hizo pasar muy pronto de las palabras a los hechos.
Comenzó usted con arengas cada vez más encendidas y el despliegue de tropa en Michoacán. Luego ha tenido que desplegar decenas de miles de efectivos en todo el país.
Erizado de fusiles habrá de dejar a su sucesor este México herido donde la democracia, que no se da entre uniformes, tiene poco futuro.
El despliegue de tropas —Ciudad Juárez y Michoacán son un ejemplo— no ha resuelto a fondo los problemas, ni ha acabado con los cárteles: éstos, debido a la corrupción y a la porosidad del terreno, burlan los dispositivos (sobre los que tienen información puntual) y se mudan a conveniencia de territorio; recomponen sus fuerzas y continúan actuando.
La presión propagandística que pesa sobre usted —necesita spots, anuncios espectaculares— pesa también sobre los jefes militares y policiacos, sólo que a éstos, a falta de resultados concretos, los obliga a mancharse las manos de sangre.
Con cada vez más frecuencia —esa era ya la escuela de las policías y las fuerzas armadas— se tortura en lugar de investigar, se compran testigos, se fabrican culpables, se desaparece y ajusticia a probables miembros del crimen organizado.
La justicia expedita es la norma y se registran en los enfrentamientos, contra la lógica natural de la guerra, siempre más muertos que heridos.
60 mil muertos después, el consumo de droga en nuestro país se ha triplicado y no por cierto, como usted piensa, porque hoy los mexicanos “viven mejor”, sino porque los cárteles actúan con más eficiencia e impunidad.
Decenas de miles de hombres, de uno y otro lado, están hoy, y deberán estarlo por tiempo indefinido, sobre las armas. Guerra tenemos como destino y la vida, señor Calderón, en esta tierra donde tan poco ha valido desde siempre, vale hoy todavía menos.
http://elcancerberodeulises.blogspot.com
www.twitter.com/epigmenioibarra
Advertisement