Este espacio tiene como propósito difundir opiniones críticas
sobre la temática política-social de México, principalmente.
Gracias por compartir este material.
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A diferencia de otros años difíciles y no muy remotos, esta vez el asombro no tiene espacio: se sembraron vientos a la vista de todos… Ahora, de la participación social dependerá guiar o dejar a una clase política desorientada, así como reponer o no el valor de la esperanza en la democracia y el Estado de derecho. Vamos, de ella dependerá germinar o no en la tempestad.
No cabe el asombro porque muchos de los males, los vicios y las frustraciones nacionales han estado expuestos hasta la saciedad -por no decir hasta su descomposición- y, frente a ellos, la élite dirigente retoza en su incapacidad de conjugar sus intereses con los de la nación.
Este año y no sólo en las urnas, el turno es de la sociedad si decide construir y gobernar su destino. A la pérdida del asombro no puede seguir la indiferencia, peor cosa no le podría ocurrir al país.
La violencia anónima, el desacuerdo paralizante, el crecimiento mediocre, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inseguridad y la impunidad rampantes, la ausencia de liderazgos con autoridad, el sacrificio de intereses nacionales por alianzas políticas o electorales, la conversión de la pluralidad en tráfico de cuotas, el uso de instituciones nacionales como ariete político, el chantaje y la extorsión como forma de relacionarse, la politización del combate al crimen, la criminalización de la lucha política y el engaño de que hasta la caída de los hojas en otoño exige una reforma estructural han estado a la vista.
No por ello puede aceptarse como inamovible o insuperable esa realidad, una frente a la cual la sociedad tiene por única opción encoger los hombros y colgar los brazos, al emitir su voto. No puede ser esa “anormal normalidad” el destino nacional, condenado por la voracidad y la mezquindad de una élite dirigente, exclusiva y excluyente. Es preciso rechazar esa calamidad.
No es, pues, éste el año donde deba tolerarse una vez más la idea de que la ciudadanía es una condición excepcional, sujeta a la restricción de practicarse el primer domingo de julio, cada tres años, de las 8:00 a las 18:00 horas y ya.
No, es preciso extender el horario, los días y los años de la condición ciudadana si, en verdad, se quiere realizar un país distinto. Es la hora de decidir, no de desperdiciar seis años más como si el tiempo fuera un recurso renovable.
A diferencia de otras veces, en ésta los candidatos deben hablar pero también oír, escuchar el clamor de impulsar un cambio con mejora y no prometer un cambio a secas que, a la vuelta de los días, se resume en el cuento del gato con los pies de trapo y los ojos al revés… en la historia circular de las promesas hechas confeti.
La adversidad planteada por el entorno económico europeo así como por las sacudidas que, sin duda, provocará la competencia electoral en Estados Unidos, sumadas al encuadramiento de las elecciones nacionales en un marco de inseguridad y violencia presentan el 2012 como un año complejo en extremo.
Oídos sordos prestó la élite política a la recomendación de ampliar los canales de participación ciudadana directa en la democracia así como de asegurar al próximo gobierno, cualquiera que éste fuera, un mayor margen de maniobra económica. Ni reforma política ni reforma fiscal de fondo. Se dejó ir la breve coyuntura, del primer trimestre del año pasado, para sentar las bases del reencuentro entre ciudadanía y partidos así como entre gobernados y gobierno. Se frustró la oportunidad de darle perspectiva a la República.
La clase dirigente no entendió ni atendió ese reclamo, como tampoco se interesó por el acontecer mundial. Perdió de vista el inicio y el final del año pasado. No tomó nota de los sucesos en el norte de África donde a través de las redes sociales se colocó en apuros a estructuras y liderazgos políticos anquilosados, necios en ver como súbditos a sus gobernados. Y tampoco advirtió, en el retorno de las tropas estadounidenses de Irak, el fracaso y la derrota de pretender imponer un modelo político no asimilado. Fenómenos cuyo desenlace aún está por verse.
Del peligro de las imposiciones autoritarias -disfrazadas o no, concentradas o no- y del hartazgo de la frustración acumulado, nuestra clase política ni tomó nota ni derivó lecciones y, hoy, echa de menos instrumentos para hacer click con la ciudadanía, le da nervio la fragilidad de las instituciones que se dio a sí misma, le inquieta la debilidad de sus partidos y se enreda, obvio, en las redes sociales.
Con la mano en la cintura se impulsó la idea de entender la historia del país como algo accesorio y prescindible, una anécdota sin importancia porque, a fin de cuentas, sólo los profesionales de la política sabían cuál era el derrotero del país… y, desde luego, el camino hacia la modernidad. Por turnos, indicarían la ruta a cambio de obediencia, disciplina y un poquitín más de aguante.
Ahora, después de un cuarto de siglo de dar tumbos, de reconocer que la alternancia sin alternativa no es opción, de entender que ganar una elección no implica conquistar un gobierno, de soportar el ejercicio del no poder, de emitir votos sin respuesta, la participación social está llamada, como en otros episodios nacionales, a decidir por y sobre aquello que es suyo.
Los vientos sembrados dejan ver la tempestad y, en esa circunstancia, hay que germinar. Hazaña difícil, pero no imposible si se cerca a los candidatos y se les exige no suscribir ante notario sus próximas mentiras, sino exhibir sus compromisos: datos concretos de sus propuestas, estableciendo el qué, el cómo y el cuándo; el nombre y apellido de los colaboradores de su eventual gobierno, encargados de instrumentarlas. Cercar a los candidatos en la campaña, decidir en las urnas y atrapar en las redes a quienes pretendan sesgar una decisión que no es de ellos.
Si la sociedad resuelve constituirse en ciudadanía y, a pesar del pertinaz bombardeo de la propaganda, separa la basura orgánica e inorgánica de la política y de los partidos, quizá, de la ruina y en la tempestad, germine la oportunidad de reconducir al país por un sendero mejor y distinto, donde la impunidad criminal y la negligencia política no marquen el camino.
Soplará el viento este año en la República. Ésa es la certeza, la incertidumbre: ¿qué tipo de viento será… de libertad, de confusión, de esperanza, de violencia, de renovación? La participación social tiene la palabra.
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